Viernes, Noviembre 21, 2008

EL FALSACIONISMO Y LOS PARADIGMAS DE KUHN


El falsacionismo, como corriente científica que tiene su origen en la gnoseología popperiana, se basa en admitir que el progreso científico tiene sus fundamentos en la elaboración de teorías e hipótesis que guían la observación. Por tanto, una teoría únicamente puede ser considerada científica si puede ser desmentida, por lo que el falsacionismo rechaza aquellas afirmaciones que impliquen que las teorías se puedan establecer como verdaderas o probablemente verdaderas a la luz de la evidencia observacional.

El racionalismo crítico de Popper, encarnado por el falsacionismo, constituye una crítica tanto al valor de la inducción como al verificacionismo. Se trata, entonces, de una postura en la que el conocimiento científico es siempre hipotético en la medida en que la hipótesis, como esquema, da lugar a teorías que constituyen conjeturas especulativas, siempre provisionales, que el intelecto crea libremente en un intento de solucionar los problemas con que tropezaron teorías precedentes.

Poro medio del ensayo-error la ciencia avanza, y las teorías son comprobadas de forma rigurosa e implacable por medio de la experimentación y la observación. Así pues, según el criterio falsacionista ideado por Popper, únicamente las teorías más aptas son las que sobreviven, pero en ningún caso puede afirmarse a partir de todo esto que una teoría sea verdadera, pues únicamente es científica aquella teoría que pueda ser refutada a través de la experimentación. De esto se deriva que es imposible llegar a leyes y teorías universales únicamente a partir de deducciones lógicas.

Las hipótesis falsables, como soluciones a los problemas, son criticadas y comprobadas, siendo eliminadas por aquellas que tengan más éxito. Ante un nuevo problema al que es incapaz de dar respuesta una hipótesis falsable se hace necesaria la invención de una hipótesis nueva, de forma que el proceso continúa indefinidamente. La teoría no es, según este método, verdadera, sino una simple aproximación a la verdad ya que cada teoría actual es siempre superior a sus predecesoras, por cuanto ha sido capaz de superar pruebas que falsaron a sus antecesoras. La aceptación de la teoría siempre es provisional, mientras que su rechazo puede ser concluyente.

Para Popper, con su metodología individualista, el crecimiento de la ciencia es no-inductivo y racional, por lo que sustituye el problema central de los fundamentos en la racionalidad clásica por el problema del crecimiento crítico y falible. A todo esto le seguirá por parte de Lakatos un refinamiento de las tesis metodológicas de Popper en lo que se vino a llamar programas de investigación. El progreso científico no se reduciría únicamente a una continua falsación de teorías ya existentes, sino que más bien se trataría de una proliferación de diferentes programas de investigación rivales que originarían cambios progresivos y regresivos. Frente a la crítica destructiva y negativa de Popper, Lakatos antepone un proceso largo en el que los programas de investigación rivales generan una crítica constructiva que, posteriormente, permite ofrecer retrospectivamente una visión de los éxitos y resultados obtenidos.

Sin embargo, todas estas teorías adolecen de un marcado relativismo consustancial a la corriente filosófica del idealismo subjetivo, aquella por la que no es posible considerar el mundo objetivo como existente al margen de la actividad cognoscitiva. Juntamente con esto se encuentra el pragmatismo al que está íntimamente ligado el falsacionismo, pues la “verdad” es aquello que “funciona” mejor, es decir, aquellas teorías que no han sido todavía desmentidas por la práctica. La práctica y la verdad son concebidas de forma subjetivista, lo que lleva a definir las ideas y las teorías como instrumentos de la acción, y con ello el conocimiento queda reducido a un conjunto de “verdades” subjetivas.

La verdad como tal es inaccesible, y únicamente las teorías que la práctica no falsea o desmiente son una mera aproximación. El mundo objetivo sólo existe como conjunto de representaciones y teorías creadas a partir de la formulación de hipótesis que funcionan, y por tanto que la práctica no ha desmentido todavía. Así, el carácter científico de todas estas teorías estriba en la posibilidad de ser falseadas por la observación, lo que exige, por tanto, nuevas teorías que den respuesta a los problemas que hipótesis anteriores no pudieron resolver.

Por el contrario, el idealismo objetivo, representado por Platón o Hegel entre otros, ha situado en una realidad Absoluta el principio común del que se deriva el mundo físico. Las ideas eternas en un caso, o el espíritu absoluto en otro, constituyen el mundo objetivo del que la realidad física es su mero reflejo. Lo que otorga estabilidad y sustancia al devenir serían, entonces, las esencias inmutables, las formas inmóviles que, concebidas como moldes o patrones, configuran las transitorias realidades individuales, como es en el caso de la filosofía de Platón. O en la filosofía hegeliana las sucesivas autonegaciones del espíritu absoluto hasta su completa manifestación. En cualquiera de los casos la verdad es cognoscible y no es un producto del hombre a partir de sus hipótesis contrastadas empíricamente. El conocimiento fidedigno se identifica con la verdad que representa esa realidad objetiva y autónoma.

Mientras Platón sostenía como método de conocimiento el recuerdo de esas ideas eternas que conforman las realidades inmanentes, Hegel creó y desarrolló la dialéctica como método para conocer el desenvolvimiento del espíritu absoluto en sus diferentes fases de autonegación.

El método dialéctico desentraña las contradicciones que existen en el universo, y muy en particular cuando se aplica al conocimiento de la sociedad. La lucha entre opuestos constituye el motor del cambio, la contradicción fundamental que impulsa el movimiento histórico. La realidad social constituye un proceso condicionado por sus estructuras. Pero la dialéctica no sólo desentraña las contradicciones que contiene la realidad, y concretamente la sociedad, sino que también hace posible que el hombre utilice la ciencia social para comprenderla y transformarla. La ciencia, sea natural o social, es profundamente dialéctica ya que su recorrido es circular: de la práctica a la teoría y de la teoría a la práctica. El principio de contradicción es el fundamento de todo conocimiento científico, pero también el que hace posible el progreso en este terreno.

El positivismo ha tendido a negar la filosofía en calidad de concepción del mundo, rechazando los problemas filosóficos tradicionales al no estar sujetos a comprobación experimental. Esta circunstancia obedece a profundos motivos sociales como negar las conclusiones ideológicas que exceden los límites de las teorías estrictamente científico-naturales, y que contribuyen a socavar el orden social vigente al mostrar las injusticias sobre las que se basa.

El falsacionismo de Popper, como forma de neopositivismo,[1] parte de la elaboración de hipótesis para dar lugar a teorías provisionales que expliquen determinados fenómenos. Sin embargo, el origen de estas hipótesis que deben ser contrastadas en la práctica no se encuentra en la práctica misma sino en la especulación subjetiva del investigador. La labor investigadora parte de la especulación que se desarrolla en el plano teórico aunque más tarde se contraste con los hechos para dotarle de su correspondiente validez. Sin embargo, esta fase en la que se elaboran hipótesis depende de la inventiva y de la originalidad del individuo.

Por el contrario, el idealismo objetivo siempre ha derivado las diferentes teorías y explicaciones del mundo a partir de una realidad objetiva trascendente, de manera que el mundo físico no dejaría de ser un reflejo de aquella otra realidad inmutable y metafísica que alberga las formas eternas y los modelos que configuran el mundo humano. Las teorías dentro de este marco filosófico tendrían un carácter general y universal, pues su validez sería para todo tiempo y lugar. El conocimiento, por tanto, no se adquiere sino que se recuerda ya que siempre ha estado ahí.

Del mismo modo que el idealismo objetivo desmiente la validez del individualismo metodológico y del falsacionismo apelando a una realidad superior y objetiva, el materialismo dialéctico lo hace invocando la práctica del hombre en el proceso objetivo de la producción material. Dos objetividades contrapuestas, la ideal y la material, que niegan en ambos casos los postulados que emanan del subjetivismo que impregna al falsacionismo y al individualismo metodológico.

El materialismo dialéctico subraya la dependencia de la teoría respecto de la práctica, por lo que la práctica es la base de la teoría, y esta sirve, a su vez, a la práctica. La teoría es, así, la experiencia de los hombres generalizada en la conciencia, el conjunto de conocimientos acerca del mundo objetivo que se han adquirido durante el desarrollo de la producción material de la sociedad. Teoría y práctica se influyen recíprocamente. La teoría proviene de la práctica social, constituida por la lucha de clases, la experimentación científica y la lucha por la producción.

El proceso de conocimiento parte de una primera etapa que conduce de la materia objetiva a la conciencia subjetiva, de la existencia a las ideas. Luego, en una segunda etapa del proceso de conocimiento que conduce de la conciencia a la materia, de las ideas a la existencia, se aplica a la práctica social el conocimiento que se ha obtenido en la primera etapa para comprobar si la teoría tiene éxito, y por tanto es correcta, o fracasa y demuestra ser errónea. El proceso es, en cualquier caso, circular ya que parte de la materia para llegar a la conciencia para después de la conciencia volver a la materia. En esto consiste la teoría materialista dialéctica del conocimiento.

Sin embargo, para el materialismo dialéctico el problema más importante no es comprender las leyes del mundo objetivo para saber interpretarlo, sino aplicar el conocimiento de esas leyes para transformar activamente el mundo. Aquí es donde radica el carácter normativo, y en última instancia revolucionario, del materialismo dialéctico. No sólo basta con conocer, sino que ese conocimiento que proviene de la práctica debe aplicarse también de forma práctica para cambiar y transformar el mundo. Es así como el conocimiento posee una función activa, pues no se limita a la descripción de las leyes del mundo objetivo, sino que persigue cambiar la realidad en un sentido determinado.

Asimismo, también el idealismo objetivo de Platón tiene un fuerte carácter normativo en el que la idea de Bien es la más importante, principio que debe inspirar toda forma de organización humana. El recuerdo del conocimiento tiene consecuencias directas sobre la persona, puesto que modela su comportamiento y lo transforma completamente. Todo esto, a un nivel social, significaría la promoción del Estado perfecto que se correspondería con la idea de Bien, origen y objetivo último de dicha sociedad, y de la cual sería su más clara expresión.

El individualismo metodológico y el falsacionismo conllevan un subjetivismo por el que la realidad constituye un producto de la actividad cognoscitiva del hombre, pues es el individuo quien crea el mundo a través de sus propias representaciones que adquieren validez científica cuando son confirmadas a través de la experiencia. Sin embargo, esta dinámica a nivel gnoseológico priva de sentido a la actividad humana y a la ciencia en la medida que no existe un referente objetivo a partir del que derivar las teorías que expliquen el mundo, y al mismo tiempo carece de todo carácter normativo que oriente y conduzca las acciones humanas.

Las afirmaciones que lleva a cabo un falsacionista se ven contradichas por el hecho de que los enunciados de observación dependen de la teoría y son falibles. Esta circunstancia lleva, generalmente, a considerar equivocados dichos enunciados para mantener la validez de una determinada teoría, o que en última instancia se produzcan modificaciones ad hoc en algunas de las explicaciones que ofrece la teoría sin alterar los fundamentos que la inspiran.

Aunque toda hipótesis debe someterse a la comprobación empírica según los criterios propiamente científicos para adquirir validez, y por tanto alcanzar el rango de teoría científica, el proceso de elaboración de hipótesis tiene su origen en la conciencia del hombre, de forma que es válido todo aquello que la experiencia no desmienta.

Pero el relativismo quedó definitivamente instituido en las ciencias sociales con la aportación de Kuhn, quien estableció la concepción de las teorías científicas como estructuras complejas. Fue así como se introdujo el concepto de paradigma, que consiste en un conjunto de postulados fundamentales sobre el mundo que centran la atención del estudioso sobre ciertos fenómenos y que determina su interpretación. Se trata, entonces, de unas suposiciones fundamentales sobre el mundo que se está estudiando y que conforman la base sobre la que se funda y organiza una representación.

Debido a que cada paradigma parte de premisas diferentes para el estudio de la realidad cada uno de ellos presenta, también, distintos estándares, lo que los hace inconmensurables ya que los resultados de las investigaciones que se dan en el seno de cada uno de ellos son fruto de planteamientos de base totalmente distintos.

La ciencia, entonces, evoluciona desde una fase precientífica, caracterizada por la existencia de varios paradigmas, a una fase científica en la que imperaría un único paradigma. En lo que a esto respecta Kuhn mantiene un planteamiento prescriptivo al abogar por la «persuasión» para conseguir que la comunidad científica abrace unánimemente un único paradigma. El unitarismo paradigmático preconizado por Kuhn establecería un único marco de referencia en el que se desarrollarían el conjunto de las teorías científicas. Pero este esquema también ha propiciado la aparición de toda clase de corrientes relativistas opuestas a ese unitarismo, por lo que el pluralismo paradigmático sería concebido como un contexto más favorable para la creatividad y el desarrollo de teorías.

Sin embargo, si tenemos en cuenta el enfoque de Kuhn, la coexistencia de diferentes paradigmas revela la presencia de una crisis científica por la que un paradigma dominante no ha sido capaz de dar respuesta a una serie de anomalías, las cuales se han ido acumulando hasta el punto de poner en cuestión su validez explicativa, lo que inevitablemente ha propiciado la necesidad de sustituirlo por otro que ofrezca explicación a aquellos aspectos de la realidad a los que no ha podido dar respuesta el paradigma precedente.

Las posiciones relativistas de la ciencia hacen posible que esta deje de concebirse como una entidad monolítica para considerarse una entidad polimórfica. Este punto de vista pospositivista ha hecho aceptable el pluralismo metodológico y creado la convicción de que la coexistencia de diferentes paradigmas no representa un obstáculo.

Si bien es cierto que un exceso de relativismo en el plano filosófico ha supuesto un socavamiento del concepto de objetividad, problematizando la legitimación efectiva del conocimiento y la demarcación entre lo que es y no es ciencia, a este peligro se ha sumado la anarquía gnoseológica en la que cualquier posición pueda llegar a reclamar para sí misma un status científico. Todo esto únicamente puede favorecer la ausencia de una diferenciación entre el conocimiento científico y las proposiciones teóricas. Las consecuencias últimas y más extremas de este tipo de planteamientos es la falta de unos estándares que, a modo de referencia, sirvan para establecer una diferencia entre el conocimiento científico de aquel que no lo es.[2]

La falta de un marco de referencia que dote de objetividad en un plano ontológico y gnoseológico al conjunto de teorías que se desarrollan en las ciencias sociales, únicamente puede favorecer la emergencia y desarrollo del subjetivismo que, en su variante reflectivista, conduce a una pérdida en el rigor científico del conocimiento en este ámbito, pero también a un relativismo ontológico por cuanto es el individuo el que,  desde su punto de vista determinado por el contexto (histórico, cultural, social, etc…), construye la realidad.

La distinción sujeto-objeto que ha sido históricamente el fundamento del desarrollo del conocimiento científico ha comenzado a ser negada por las corrientes postmodernas, lo que no sólo implica una pérdida de objetividad que únicamente puede ser recuperada por medio de significados con carácter intersubjetivo, sino que lleva a un completo relativismo intelectual que en su versión más extrema supone la negación de la propia gnoseología. La elaboración de teorías que responden al contexto del individuo de quien las genera sustituye el procedimiento y criterio científico para obtener certidumbres, a lo que va unida la negación de la existencia de un mundo objetivo independiente de la conciencia de la persona.

En vista de todo esto se hace necesaria una nueva objetividad a nivel ontológico que, a su vez, restablezca a un nivel gnoseológico un único criterio a seguir en las investigaciones, de forma que se pueda distinguir el conocimiento científico de aquel que no lo es. De lo contrario, un relativismo como el que impera actualmente en el mundo de las ciencias sociales contribuye a generar un desorden en el plano intelectual que no ayuda a clarificar y dilucidar la naturaleza de los fenómenos que se pretenden estudiar. Indudablemente esta tarea es harto complicada debido a las implicaciones ideológicas que supone decantarse por un criterio u otro, lo que a nivel filosófico y ontológico significa optar por un determinado posicionamiento en el que la objetividad recupere su centralidad como criterio básico para la consecución de un conocimiento verdadero. Queda por esclarecer el tipo de objetividad que será esta: ideal o material, que es, en definitiva, la eterna batalla que ha gobernado a la filosofía desde sus orígenes.


[1] Mark M. Rosental y Pavel F. Iudin, Diccionario de filosofía, Madrid, Akal, 1975, p. 338

[2] Sodupe, Kepa, “El estado Actual de las Relaciones Internacionales como Ciencia Social: ¿crisis o pluralismo paradigmático?” en Revista de Estudios Políticos Nº 73, 1992, pp. 202-213

Publicado por Emboscado en 11:58:26
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