Jueves, Enero 1, 2009

LA GEOPOLÍTICA


Introducción

La complejidad de las relaciones internacionales ha conducido, inevitablemente, a que se hayan elaborado diversas teorías explicativas, o paradigmas si seguimos el modelo ofrecido por Kuhn, que se han caracterizado generalmente por centrar su atención en un aspecto parcial de la realidad internacional a partir del cual han intentado, con mayor o menor éxito, ofrecer una explicación global al conjunto de fenómenos que se dan en este ámbito.

La importancia de la geopolítica para el estudio y análisis de las relaciones internacionales sólo puede ser dilucidado si, previamente, abordamos la problemática que históricamente ha tenido que afrontar esta disciplina para adquirir su correspondiente status científico. En este sentido cobra especial importancia la influencia que tuvo la obra de Thomas Kuhn, La estructura de las revoluciones científicas,[1] por cuanto contribuyó a repensar la ciencia y, en cierto modo, también a ofrecer un nuevo marco intelectual para el desarrollo de la actividad científica en el campo de las relaciones internacionales.

El concepto paradigma ha generado gran controversia, máxime si se tiene en cuenta los veintiún sentidos diferentes con los que aparece en la obra del propio Kuhn. Esta indefinición inicial del nuevo concepto junto a la ausencia de un consenso sobre las premisas que dan carácter a un paradigma, fueron la causa principal que dio lugar a la aparición de una diversidad de paradigmas.

Cada autor ha ofrecido una noción diferente del concepto paradigma lo que dificulta, en un primer momento, abordar el problema relativo al carácter científico de las propias relaciones internacionales. En cualquier caso un paradigma puede ser definido como “|…| una serie de postulados fundamentales sobre el mundo que centran la atención del estudioso sobre ciertos fenómenos, determinando su interpretación”.[2] Esta definición ofrecida por Celestino del Arenal describe el concepto como un marco intelectual en el que se inscribe la actividad científica de una determinada disciplina, por lo que en última instancia se trata, entonces, de unas suposiciones fundamentales sobre el mundo que se está estudiando y que conforman la base sobre la que se funda y organiza una representación.

Dicho lo anterior se hace evidente que cada paradigma, al partir de premisas diferentes, presente distintos estándares en el estudio de la realidad, lo cual los hace inconmensurables, pues los resultados de las investigaciones que se dan en el seno de cada uno de ellos son fruto de planteamientos de base totalmente distintos.

Pese a que Kuhn mantiene un planteamiento prescriptivo al abogar por la «persuasión» para conseguir que la comunidad científica abrace unánimemente un único paradigma, ello no ha impedido la proliferación de diferentes paradigmas que situarían a las relaciones internacionales en un estadio de evolución precientífico lo que, en cierto modo, revelaría la existencia de una crisis científica por la que un paradigma dominante no ha sido capaz de dar respuesta a una serie de anomalías que se han ido acumulando hasta el punto de poner en cuestión su validez explicativa. Indudablemente ha sido esta coyuntura la que ha favorecido la aparición de otros paradigmas que se han planteado dar respuesta a aquellas cuestiones que el realismo, como paradigma único durante trescientos años, no ha podido resolver.

La consecuencia de la aportación teórica de Kuhn al campo de las ciencias sociales, y más concretamente a las relaciones internacionales, ha sido el fomento de las posiciones relativistas de la ciencia debido a la ausencia de unos criterios de evaluación interparadigmáticos. El pluralismo paradigmático que ha producido este relativismo puede favorecer el desarrollo de la creatividad en la disciplina, además de brindar la  oportunidad para fomentar un debate fructífero entre las diferentes alternativas paradigmáticas.

La imagen multiparadigmática descrita hace posible que la ciencia no se considere ya una entidad monolítica, sino más bien polimórfica por la que cada paradigma, desde sus particulares postulados sobre los que se funda, ofrece una perspectiva concreta y diferente acerca de la realidad. Esta circunstancia ha favorecido, también, el pluralismo metodológico, además de crear la conciencia de que la coexistencia de diversos paradigmas no significa un obstáculo para que exista un crecimiento teórico significativo.

Pero este relativismo que en un principio pudiera ser considerado beneficioso para el desarrollo de la disciplina, no deja de arrojar ciertas sombras a causa del socavamiento del concepto de objetividad, lo que indudablemente problematiza la legitimación efectiva del conocimiento y dificulta la diferenciación entre aquello que es y no es ciencia. El peligro que todo esto entraña son las posibles consecuencias de que el pluralismo metodológico degenere en un estado de anarquía epistemológica, de forma que cualquier posición pueda reclamar un status científico.[3]

El subjetivismo que impera en las ciencias sociales, pero también en las relaciones internacionales debido a la diversidad paradigmática, plantea el problema fundamental de cómo recuperar la objetividad perdida, aquello que es precisamente la razón de ser de todo conocimiento científico. La falta de un marco de referencia que dote de objetividad a un nivel ontológico y gnoseológico a las teorías que se crean en las ciencias sociales, tiene como consecuencia última la construcción de representaciones de la realidad que responden al punto de vista determinado por el contexto del sujeto.

No se trata únicamente de que semejante relativismo haga posible que cualquier proposición teórica no sea diferenciable del auténtico conocimiento científico, sino sobre todo que impida cualquier tipo de conocimiento objetivo y, por tanto, la negación de la realidad como entidad con existencia propia y autónoma, más allá de la conciencia humana, y que por tanto contiene su propia esencia y sus propias leyes.

La clara distinción entre sujeto y objeto que ha sido la base del desarrollo del conocimiento científico, y que el relativismo ha negado a través de las corrientes postmodernas en las que el individuo construye su representación de la realidad a partir del contexto en el que se encuentra inserto, exige estar de nuevo presente en el marco de los estudios de las relaciones internacionales para restablecer una nueva objetividad y, así, instaurar un marco de referencia que permita el conocimiento científico. Es aquí donde la geopolítica, cuyas investigaciones parten del estudio de una realidad objetiva como es el espacio geográfico, puede suplir la necesidad de crear una nueva objetividad desempeñando el papel de instrumento de análisis de las relaciones internacionales para dar lugar a la formación de nuevas teorías.

La geopolítica reúne un amplio conjunto de saberes, pues combina un máximo de factores y elementos de toda índole para realizar sus análisis de la realidad mundial, además de tratar aspectos de gran importancia como pudieran ser, entre otros, las condiciones de habitabilidad de la tierra, la definición de las fronteras y la disponibilidad de recursos, cuestiones todas estas que influyen de manera decisiva sobre los Estados.[4]

Asimismo, el espacio geográfico, en función de su extensión, posición y de aquellos elementos que lo componen (recursos, población, etc…) determina en gran medida los intereses objetivos de un Estado, lo que genera una visión del mundo que se proyecta a través de la política internacional. En este sentido podemos decir que la geografía constituye la fuente de una objetividad con la que resolver el relativismo intelectual que actualmente impera en los estudios internacionales. La geopolítica aborda las relaciones entre la geografía y los acontecimientos políticos, lo que de alguna manera deja entrever las relaciones de poder a las que da lugar el medio geográfico. Así lo expresaba ya Halford Mackinder a comienzos del siglo XX:

“El equilibrio real del poder político en un momento dado es, por supuesto, el producto de condiciones geográficas, tanto económicas como estratégicas, por una parte; y del número relativo, la virilidad, los equipos y la organización de los pueblos competidores, por la otra”.[5]

La estabilidad del elemento geográfico puede constituir un punto de referencia en el marco de la elaboración de nuevas teorías internacionales, a lo que hay que sumar la diversidad de factores que la propia geopolítica introduce en el estudio de las interacciones del medio geográfico con la política. Por todo esto se hace preciso, en primer lugar, llevar a cabo una aproximación hacia el significado del concepto geopolítica para, más adelante, analizar la importancia y el sentido que tiene dicha disciplina en el estudio de las relaciones internacionales actualmente.

Hacia una definición de la geopolítica

La geopolítica se ha caracterizado, al menos en sus definiciones iniciales, por el determinismo que se le ha atribuido al medio geográfico en su influencia sobre los fenómenos políticos e históricos de los Estados. Este fue el caso de la escuela geopolítica alemana que veía en la posición y en el espacio, además de la extensión, la base del comportamiento de los distintos Estados.

Esta postura se vio validada en gran medida debido a que la geografía es el factor que menos varía de todos los que intervienen en la elaboración de una política.

“|…| los contornos de las tierras, las llanuras, las montañas, los océanos y los valles permanecen siendo sustancialmente los mismos. Y los conflictos entre Estados cuyas causas son de orden geográfico se prolongan mucho más allá que otros antagonismos internacionales”.[6]

Esta descripción de Strausz-Hupé se ajusta bastante bien a lo que significó la geopolítica para gran parte de los expertos alemanes de esta disciplina. La importancia del territorio como factor que dota de su correspondiente unidad al Estado ya fue subrayada en su momento por Ratzel. El razonamiento político estaría, entonces, subordinado al factor geográfico de lo que se deriva el consecuente determinismo físico.

Unido a lo anterior se encuentra el trasfondo filosófico en el que se han movido parte de estas definiciones de la geopolítica, aquellas en las que el hombre no es más que un animal de rapiña que, como enemigo de todo el mundo, no tolera en su distrito a ninguno de sus iguales. De aquí se desarrollaría posteriormente la idea de propiedad, como recinto sobre el que se ejerce un poder ilimitado, un poder conquistado, que es defendido contra los iguales y mantenido de forma victoriosa.[7] Esta misma idea extrapolada al ámbito de las fronteras políticas constituiría la objetivación de la idea de dominio en la que el territorio, como propiedad de un Estado, es el elemento sobre el que se articula la soberanía y, por tanto, donde determinadas decisiones son vinculantes para la población que habita en el interior de dichas fronteras.

Pero ya antes de ofrecer una definición de lo que es la geopolítica surge la problemática de buscar su diferenciación con respecto a la geografía política, cuya separación es bastante difícil y, en ocasiones, inexistente por completo. El papel que juega la geografía en cada caso podría ser, en definitiva, el criterio fundamental a través del que establecer una clara distinción entre ambas disciplinas. Ante la ausencia de un criterio único solamente es posible intentar dilucidar sus diferencias a partir de la importancia y los efectos que se le atribuyen al elemento geográfico. Por esta razón, generalmente, la geografía política ha tendido a tratar en prioridad de fenómenos geográficos, mientras que la geopolítica ha estado vinculada a esclarecer la relación entre la práctica de una política de poder y el medio geográfico.[8]

No existe unanimidad en torno a la definición de la geopolítica y su diferenciación con respecto a otras disciplinas más o menos cercanas. Quizá constituya un debate de difícil solución que, en cierto modo, contribuya a diluir el potencial explicativo de la propia geopolítica acerca de los fenómenos políticos e históricos mundiales. En todo caso parece evidente, al menos entre la mayor parte de autores, la existencia de una relación entre la política de los Estados y la influencia del medio geográfico sobre esta.

Asimismo, otra distinción fundamental a la que hace alusión Lautensach es la que se basa en el carácter dinámico de la geopolítica, mientras que la geografía política es estática, de lo que se deduce que esta última circunscribe sus análisis a un momento concreto en una circunstancia espacial determinada. Sin embargo, la geopolítica llevaría a cabo un estudio general a lo largo del tiempo, es decir, analiza la influencia de la geografía sobre los acontecimientos políticos de los Estados dentro del desarrollo histórico.[9] Pero esta definición, como el propio Vicens Vives señala, borra toda diferencia entre ambas disciplinas por cuanto ambas quedan fusionadas bajo una misma denominación, en este caso la de geopolítica.

Por otro lado Nicholas Spykman, profesor perteneciente a la escuela geopolítica norteamericana, desarrolló tres significados diferentes para la geopolítica, de entre los que destacamos el siguiente por su carácter conciso pero limitado que ofrece del concepto:

“El campo de acción particular de la geopolítica sería la política exterior del Estado. Por los métodos de análisis que le son propios, sabría utilizar los datos de la geografía –entendiendo esto en su más amplio sentido- para decidir un comportamiento político que permita alcanzar ciertos objetivos legítimos”.[10]

Sin embargo, Saul Cohen, especialista en geopolítica, ofrece una definición que aún siendo algo confusa no deja de resaltar las relaciones entre geografía y poder. “La esencia del análisis geopolítico es estudiar la relación que existe entre la política internacional de poder y las características correspondientes a la geografía”.[11] Se combina la descripción del medio geográfico con la política de poder en un marco de estructuras espaciales.

Por el contrario, entre los geopolíticos franceses ha sido habitual hacer hincapié en las fuerzas político-sociales que se liberan del medio al que se encontraban atado hasta el punto de transformarlo a su favor. Digamos que se trata de una inversión de las concepciones que prevalecen en la escuela de geopolítica alemana.

No menos cierto es que la geopolítica ya contaba en Hipócrates y Platón con los principales elementos sobre los que basará más tarde sus análisis. Sus fundamentos se desarrollaron históricamente a través de una diversidad de autores quienes recogieron en sus obras diferentes elementos que, en el futuro, conformarían las bases teóricas de esta disciplina. Aristóteles, Tucídides, Herodoto, Sun Tsu, Ibn Khaldun, Maquiavelo, Bodin, y tantos otros hasta llegar a los geopolíticos más modernos como James Burnhaman, Zbigniew Brzezinski, George Kennan, Colin Gray, Raymond Aron y Nicholas Spykman entre otros muchos, quienes formularían de manera sistemática los principios elementales que ya recogieron aquellos en sus respectivas obras. Por este motivo algunos autores, como Jorge E. Atencio deciden utilizar un método inductivo para llegar a una definición del concepto geopolítica a través de un estudio histórico de las aproximaciones que han existido en los diferentes autores con sus respectivos puntos de vista.

De la definición del pensador sueco y creador de la geopolítica, Rudolf Kjellén: “Geopolítica es la ciencia que concibe al Estado como un organismo geográfico o como un fenómeno en el espacio”,[12] se ha llegado a definiciones por las que la geopolítica no dejaría de ser un instrumento delinear la estrategia general en la política exterior de las potencias. “|…| la Geopolítica se convierte en un arte, es decir, el arte de guiar la política práctica”,[13] según explica Strausz Hupé. Weigert, en una aproximación similar afirma que “la Geopolítica aspira a proporcionar las armas para la acción política, y los principios que sirvan de guía en la vida política… La Geopolítica debe convertirse en la conciencia geográfica del Estado”,[14] lo que ya denota claramente el papel instrumental que se le atribuye a la geopolítica en el desarrollo de la política e los Estados, conservando al mismo tiempo dicha definición ciertas reminiscencias propias a la noción que tradicionalmente ha tenido la escuela alemana de geopolítica.

Otros autores como Herman Franke también mantienen definiciones similares a las anteriores, pero incluso en tiempos más actuales, el propio Francis P. Sempa destaca la importancia de la geopolítica en la formación de futuros líderes para dotarles de su correspondiente sentido geográfico para el gobierno de grandes potencias, aspecto que se ha descuidado bastante debido, en parte, a la declinación de las políticas de poder, además de otros aspectos de orden coyuntural e histórico.[15] Es evidente que muchos geopolitólogos consideran esta disciplina como una herramienta esencial para preparar al investigador y al estadista para el arte de la política y de la estrategia, por lo que tiene un marcado carácter activo en la medida en que está orientada hacia la propia acción política.

El problema que puedan acarrear este tipo de consideraciones que tienden a reducir a la geopolítica al rango de “técnica política” es que, en cierto modo, pueden contribuir a despojarle de su correspondiente carácter científico, por cuanto queda limitada a proporcionar las bases para los proyectos de las estrategias políticas de los Estados.

Asimismo, han sido habituales las definiciones en las que la geopolítica sirve como instrumento de análisis histórico de las relaciones de poder entre las naciones y su evolución. De este modo la geopolítica ofrecería aquellas claves para conocer las principales tendencias históricas en función de las cuales se desarrolla la política de los Estados, lo que permite, a su vez, realizar predicciones de futuro.[16] La geopolítica es, entonces, según este enfoque, una herramienta útil para estudiar la complejidad histórica y la influencia que sobre esta tienen los hechos geográficos.

Las relaciones entre las instituciones políticas y el medio geográfico son, también, una constante en las definiciones de determinadas corrientes de geopolitólogos. Todo esto se reduciría a una interacción entre las relaciones de poder y el espacio geográfico, o lo que es lo mismo, la relación entre el Estado y su territorio. Comprendida así la geopolítica resulta lógico que Everardo Backheuser la defina como “|…| la política orientada en armonía con las condiciones geográficas”.[17]

A partir de estas últimas definiciones podemos afirmar que la geopolítica sigue una estructura dialéctica en el proceso de conocimiento. Esto se debe a que el estudio de los factores geográficos provee de las correspondientes regularidades que, posteriormente, permiten inferir leyes acerca del mundo objetivo y así construir teorías. Después, estas mismas teorías son llevadas a la práctica para comprobar si tienen éxito, y por tanto son correctas, o si por el contrario fracasan y demuestran ser erróneas. Pero lo importante de todo esto es el carácter activo de la geopolítica, ya que las leyes que recaba del mundo objetivo son utilizadas para transformarlo mediante la elaboración de las estrategias políticas de las potencias. En cualquier caso esta perspectiva se amoldaría bastante bien al esquema general que ofrece la teoría materialista dialéctica del conocimiento, pues se trata de un proceso circular que parte de la materia para llegar a la conciencia para después de la conciencia volver a la materia.[18]

Según el esquema trazado antes la teoría no es más que la experiencia generalizada en la conciencia, el conjunto de los conocimientos acerca del mundo objetivo. Por así decirlo un sistema de conocimientos que se encuentran interrelacionados por la lógica interna de los propios conceptos y que, en definitiva, reproduce la lógica objetiva de las cosas. La base de la teoría es, entonces, la práctica sobre la que siempre vuelve a proyectarse para cambiar y transformar la realidad.[19] La geopolítica reflejaría las leyes objetivas que establece la geografía en el condicionamiento de la elaboración de las políticas y estrategias de las potencias, lo que más tarde se realizaría en la práctica con la transformación de la realidad en la búsqueda y consecución de aquellos objetivos que haya inspirado.

La geopolítica, según lo anterior, constituye una disciplina de carácter científico en tanto en cuanto la base de su conocimiento es la experiencia y el estudio positivo del mundo objetivo que conforma el espacio geográfico. Así pues, la geopolítica extrae de la experiencia las regularidades del medio geográfico para poder inferir leyes que, más tarde, son puestas en relación con la política de los Estados y las relaciones de poder que mantienen entre sí. A esta perspectiva, aún siendo dialéctica e integrando elementos objetivos y subjetivos en sus análisis, se le puede atribuir cierto determinismo que, en cualquier caso, queda diluido debido al influjo del factor humano en esa interacción con el medio geográfico. Digamos que la geografía condiciona pero no determina las decisiones que se tomen respecto a la estrategia y política de cada Estado.

Asimismo, la importancia que tiene la geografía en el estudio de las sus relaciones con la política no se reduce única y exclusivamente a aspectos puramente físicos, sino que también incluye y abarca en sus análisis elementos poblacionales, históricos, climáticos, económicos, etc. Como decíamos anteriormente la geopolítica integra una diversidad de saberes y factores explicativos en la base de sus análisis, y ello se debe a que la geografía no se limita a una simple y mera descripción de los accidentes del terreno, sino que además aborda otras cuestiones con las que está íntimamente ligada.

Otra pega que se le pudiera poner a esta posible definición que acabamos de esbozar es el marcado humanismo que se le podría achacar, todo ello en la medida en que sitúa al ser humano como señor capaz de transformar el medio en el que habita aplicando las leyes que le provee esta disciplina. Todo esto entroncaría en cierto modo con la crítica ecologista que sostiene un nuevo paradigma que sustituye al tipo humano anterior por uno que participa de la totalidad del medio ambiente, razón por la que debe tratar la naturaleza con cuidado y respeto. Este paradigma ha creado la conciencia de que la humanidad debe actuar teniendo en cuenta las constricciones que impone el medio ambiente y las consiguientes limitaciones de sus posibilidades.[20] Las cuestiones vinculadas a la habitabilidad del planeta son, según explica Paloma García Picazo, temas de interés para el estudio de la geopolítica, sobre todo en lo que se refiere a la disponibilidad de recursos, la fijación de la territorialidad y la definición de fronteras adecuadas que aseguren todo esto.[21]

Por otro lado también es importante destacar que el mismo concepto de geopolítica permaneció proscrito del mundo intelectual y mediático, en gran medida por su oscuro pasado en el que estuvo vinculado a las políticas expansionistas del III Reich. Sin embargo, hacia finales de la década de los años 70 se rompió la censura para este concepto cuando el propio Kissinger lo introdujo en el discurso de su política exterior. Por aquellos mismos años Yves Lacoste reintrodujo el término con motivo de las luchas del Tercer Mundo, para las que ofreció una explicación ligada a las rivalidades territoriales mientras contrarrestaba la importancia de los conflictos ideológicos asociados a la bipolaridad Este-Oeste de la época.[22]

En el contexto de la guerra fría era habitual el rechazo del empleo de la geopolítica por cuanto todavía permanecía asociada a las estrategias políticas de la Alemania nazi que provocaron la Segunda Guerra Mundial. Por este motivo en el bloque oriental la geopolítica se contemplaba como una “teoría que pretende justificar con referencias a los datos de geografía económica y política, distintas formas de expansión imperialista”.[23] Según este punto de vista se trataría de una teoría que se fundaría en el darwinismo social y en el maltusianismo, lo que hizo que terminara desarrollando una concepción imperialista del espacio geográfico. Esto haría explicable que la geopolítica acabara siendo un instrumento al servicio de la ideología nazi en las décadas 30 y 40, y que tras el último conflicto mundial pasara a contar con un notable desarrollo en los Estados Unidos y en la RFA. La geopolítica, según la perspectiva de la filosofía soviética, terminaría centrando su atención en la necesidad de fundamentar las uniones y bloques imperialistas interestatales, o lo que comúnmente conocemos como procesos de integración tanto a nivel económico como político, y que dichos fenómenos se encontrarían geográficamente condicionados.

Actualmente la geopolítica en Rusia tiene una consideración muy diferente a la que tuvo en el pasado, sobre todo si tenemos en cuenta la importancia que parecen haber adoptado las tesis de pensadores como Alexandr Duguin con la introducción de elementos de orden metafísico y espiritual vinculados a la Tradición integral, además de la proliferación del euroasianismo como nueva visión geopolítica que aboga por una alianza entre los pueblos de Oriente y Europa del Este que tenga a Rusia como eje en oposición al atlantismo de Occidente y sus aliados.[24] Sin embargo todas estas tesis geopolíticas, pese lo novedosas que puedan resultar, ya tuvieron sus antecedentes en el primer tercio del siglo XX, y más en particular justo antes de la revolución de octubre.[25] La presencia de elementos de carácter metafísico o espiritual en los análisis geopolíticos contribuye a ofrecer una imagen de las relaciones internacionales en la que las luchas de fuerzas entre potencias adquieren un carácter escatológico.

Dentro de estos esquemas a los que aludimos la geopolítica es considerada una forma de generalización, o más bien un método de reducción que persigue explicar la historia de la civilización a partir de dos sujetos geopolíticos: el Mar por un lado y la Tierra por otro. La complejidad de la realidad queda reducida a uno de sus aspectos mediante el que llevar a cabo una aproximación que parta de unas premisas claras de las que derivar y deducir sus respectivas consecuencias.[26] Todo esto entraría ya en un marco metateórico y metaestratégico en el que la geopolítica únicamente sería un ámbito en el que se desarrollaría la lucha entre diferentes concepciones del mundo.

Pero volviendo a las definiciones que se ofrecen acerca de la geopolítica hay autores que la identifican como rama de la ciencia política “|…| que estudia las complejas relaciones existentes entre las categorías de los fenómenos derivados de lo político y la multiplicidad de las configuraciones espaciales de la superficie terrestre.”[27] Se trata, entonces, de

“|…| un método que busca el establecer la parte activa que ocupa la geografía en la determinación de los acontecimientos políticos e históricos mundiales. En tanto que práctica, inspira la estrategia política de las potencias aplicada al dominio del espacio continental y oceánico”.[28]

Es, pues, una ciencia que tiene como principio fundamental plantear la estrecha relación que se da entre el espacio y el poder. En este sentido el espacio contribuye a clarificar los intereses y las relaciones de poder de un determinado Estado, cuya política siempre se definirá en términos espaciales como lucha por territorios que hay que conquistar, conservar y si es posible no ceder jamás. De esta manera el espacio adquiere un carácter diferente, pues, además de constituir el soporte y el escenario de las acciones humanas, también condiciona la proyección exterior de los pueblos.[29] El espacio geográfico (por sus recursos, configuración, extensión y situación) impone un marco más o menos restringido a la política internacional de los Estados, la cual no deja de ser la expresión de una determinada visión del mundo impuesta, en mayor o menor medida, por la geografía.

Si bien podemos decir que la geopolítica incluye en sus análisis factores de diverso tipo, sus conclusiones son siempre de carácter político. En última instancia son las relaciones de poder entre Estados condicionadas por el medio geográfico las que nutren las conclusiones que emite la geopolítica. Estas mismas conclusiones informan a sus máximos beneficiarios: estadistas y gobernantes. La geopolítica sirve como guía para formular estrategias, orientar políticas y organizar la defensa y seguridad del Estado. Cualquier intento de estudiar las relaciones internacionales o la política exterior de los Estados será del todo incompleto si no incluye los análisis y las conclusiones de la geopolítica.

Entre las definiciones sustantivas de la geopolítica que, al mismo tiempo, también integran la dimensión práctica que juega para los estadistas, cabe señalar la aportación que hace Jorge E. Atencio:

“Geopolítica es la ciencia que estudia la influencia de los factores geográficos en la vida y evolución de los Estados, a fin de extraer conclusiones de carácter político.

“Guía al estadista en la conducción de la política interna y externa del Estado y orienta al militar en la preparación de la defensa nacional y en la conducción estratégica; al facilitar la previsión del futuro mediante la consideración de la relativa permanencia de la realidad geográfica les permite deducir la forma concordante con esta realidad en que se pueden alcanzar los objetivos y, en consecuencia, las medidas de conducción política o estratégica convenientes”.[30]

Por su parte, Pierre M. Gallois ofrece una definición con la que hace referencia a la dinámica implícita en el análisis geopolítico: “|…| la geopolítica es el estudio de las relaciones que existen entre la conducción de una política de poder en el plano internacional y el cuadro geográfico en el que se ejerce”.[31] Podríamos concluir que esta es, a nuestro juicio, la definición que, por su amplitud, mejor sintetiza la naturaleza de esta disciplina en la medida en que resalta su carácter dinámico que, como ya hemos dicho, sigue un patrón dialéctico en el proceso de conocimiento.

La geopolítica en la actualidad

La dificultad de elaborar una definición concisa y definitiva para la geopolítica no impide ver que el método que utiliza para desarrollar sus propios análisis es dialéctica, ya que dilucida la interacción entre espacio y política. En este sentido han sido bastante amplias las críticas que se han esgrimido contra la geopolítica, por cuanto en el pasado fue instrumentalizada en provecho del poder político para justificar determinadas decisiones.

Existe, entonces, una clara distinción entre el análisis objetivo de la realidad que estudia la geopolítica y la aplicación de los resultados de sus análisis. Esta distinción, sin embargo, no ha sido tan evidente para algunos especialistas en el pasado, pues muchos de ellos han tendido a transgredir los límites entre ambas dimensiones.[32]

Juntamente con lo anterior y a modo de crítica al determinismo que desarrolló en su momento la escuela alemana, los posibilistas franceses han sostenido que el ser humano tiene la capacidad de elegir entre diferentes opciones, por lo que las estructuras geográficas únicamente condicionan estas decisiones que en última instancia se ven sometidas a influencias propias de las estructuras humanas, y por tanto políticas, de los propios sistemas.

Pero si la geopolítica ha llegado a ser cuestionada en serio ha sido en gran medida por el influjo de la tecnología en las relaciones internacionales, lo que ha puesto entredicho el papel real que pueda jugar el condicionamiento de los espacios geográficos en la política mundial de las potencias. La ruptura de las barreras espacio-tiempo con el desarrollo de nuevas tecnologías ha hecho posible la instauración de un tiempo global en lo que comúnmente se denomina tiempo real. Si en el pasado los acontecimientos que se produjeran en alguna región del globo no tenían necesariamente que afectar al conjunto del planeta, con el final de la época colombina tuvo lugar una mayor interrelación a escala global debido a las mayores comunicaciones, y posteriormente al influjo de las nuevas tecnologías que contribuyeron a reducir las distancias. Esta circunstancia hizo que la geopolítica se expandiera y que ya al principio del siglo XX el contexto geográfico de la política internacional fuera todo el planeta.[33]

Pero aunque la dimensión de la geopolítica sea, actualmente, de carácter global, y que las tecnologías hayan contribuido a relativizar la importancia del espacio geográfico en la política internacional, la propia geopolítica es capaz de ofrecer una explicación a este fenómeno utilizando su propio método. Aquí es donde cobran importancia los elementos geográficos Tierra y Mar, cuya natural oposición ha dado lugar respectivamente a visiones del mundo y formas de civilización antagónicas.

El desarrollo tecnológico que ha dado lugar a una primacía del tiempo sobre el espacio, ha tendido a ser asociado con el desarrollo del Mar a través de las formas de civilización marítimas u oceánicas. Esto se debe en gran parte a que “el Mar, la civilización del Mar, es la encarnación de la movilidad permanente, del «fluir», de la ausencia de un centro estable”.[34] El Mar no invita nunca a la permanencia ni a establecerse en ninguna parte, siempre obliga a partir, y sus únicos confines reales son las masas continentales en sus extremos. Representa en un sentido superior la idea de lo ilimitado, pues su inmensidad empuja siempre a ir más lejos, obligando a partir hacia nuevas metas, lo que ya lleva implícita de por sí la mentalidad propia del nómada.

Aquí entraría en juego la lógica que desarrollan la Tierra y el Mar como los dos sujetos de la historia geopolítica que “|…| tienden a la más completa y distinta manifestación |…|”.[35] Cada uno de estos da origen a formas de existencia diferentes y enfrentadas que se desarrollan dialécticamente a lo largo de la historia.

En lo que respecta a la civilización occidental se puede afirmar que se trata de un tipo de civilización marítima, todo ello en la medida en que su origen y desarrollo se localiza en la proyección de los pueblos europeo-occidentales hacia el mar y, posteriormente, en la formación de sistemas de intercambio económico a través de los océanos mediante su dominio a través de las rutas comerciales. La globalización ha sido, por decirlo de alguna manera, el proceso de extensión a escala planetaria de este tipo de civilización marítima una vez concluida la guerra fría tras la desaparición de la URSS, país que fue la culminación histórica del modelo de civilización continental.

La ausencia de un referente estable hacen del elemento marino un medio físico asociable a lo desorganizado e inasimilable. En este ámbito, debido a la imposibilidad de permanencia alguna en donde todo es continuo fluir, es el tiempo el que prima sobre el espacio, ya que el propio océano ofrece una noción de lo ilimitado dada su manifiesta inmensidad (recordar que la mayor parte de la superficie del planeta está cubierta por los océanos).

Una particular forma de nomadismo se desarrolla en un medio geográfico diferente del terrestre. Si los pueblos nómadas se caracterizan por su movilidad desplazándose de un lugar a otro, el espacio es concebido como una realidad carente de límites y frente al que se abren continuamente nuevas posibilidades, pues para ellos es el tiempo, como elemento de referencia, el que cobra su primacía. A diferencia del nomadismo terrestre, para el nomadismo marítimo su medio de desenvolvimiento son los océanos, pero ello no impedirá que el tiempo predomine sobre el espacio a través del desplazamiento de un lugar a otro, generando una movilidad permanente que se manifiesta en la transitoriedad de la relación con la tierra. El tiempo afirma aquí su papel “devorador” en la medida en que vence al espacio por medio del desgaste.

“|…| el tiempo parece desgastar al espacio por un efecto del poder de contracción que representa y que tiende a reducir cada vez más la expansión espacial a la que se opone; mas, en esta acción contra el principio antagónico, el propio tiempo transcurre con una velocidad siempre creciente |…|. Esta aceleración se hace cada vez más obvia en nuestra época, |…| podría decirse que el tiempo no sólo contrae al espacio sino que también se contrae a sí mismo progresivamente”.[36]

Los avances tecnológicos han densificado la historia en la medida en que las exigencias del trasiego comercial junto a la producción económica que impuso el capitalismo mediante la industrialización, han supuesto la supresión de las barreras del espacio-tiempo por medio de un incremento de la velocidad en la comunicación. “|…| los ejemplos clásicos de las distintas talasocracias demuestran la primacía de los medios de comunicación”.[37] Los océanos han sido históricamente libres, pues en alta mar no existen los peajes ni los controles a pesar de que los Estados, cada vez más, tienden a extender su soberanía marítima. De aquí se deriva la consecuente tendencia hacia la formación de economías comerciales y especulativas, aquellas que por su propia naturaleza están ligadas a la fluidez y a la no-permanencia como es el caso de los flujos financieros, el libre mercado y la apertura económica, rasgos todos ellos propios de un tipo de civilización marítima.

La dinámica disolvente que propicia la velocidad como culminación de un tipo de civilización cuya causa primigenia la encontramos en factores de orden geográfico, como en este caso es el Mar, alcanza su estadio de máximo desarrollo con el ciberespacio y el tiempo real. A esto le sigue la completa automatización de los procesos y la creciente inmediatez, lo que tiene estrecha relación con la formación de un orden abstracto que se difumina en las innumerables relaciones en red fruto de la cada vez mayor interconexión planetaria. Los cambios que se produzcan en algún lugar del planeta repercuten en el conjunto del mismo, lo que deja entrever que se ha producido una transposición entre lo local y lo global. El incremento de la interconexión ha propiciado que en un período de tiempo cada vez más corto se produzcan a su vez más y mayores cambios, acontecimientos y nuevas situaciones.

El efecto del dromos se manifiesta en cambios que se expresan a través de una constante precipitación acelerada de los acontecimientos que desarrollan, a su vez, una serie de fuerzas y dinámicas que aumentan el efecto acelerador. No se trata únicamente de que ocurran más acontecimientos en menos tiempo, sino que los propios cambios se dejan sentir antes en la propia sociedad y esta se ve sometida a una continua transformación que se incrementa y acelera progresivamente. El tiempo se acorta, la duración es cada vez menor ya que se concentran acontecimientos y la historia se densifica.

“En su grado más extremo, la contracción del tiempo llegaría a reducirlo finalmente a un instante único y entonces la duración habría dejado de existir realmente, pues resulta evidente que en el instante ya no puede darse sucesión alguna. De esta forma, «el tiempo devorador acaba por devorarse a sí mismo», |…| «ya no existe el tiempo»”.[38]

Vemos cómo la geopolítica continúa ofreciendo explicaciones y respuestas a fenómenos sobre los que aparentemente no tendría nada que decir, o que incluso vendrían a demostrar la falta de validez de sus análisis en una época en la que el tiempo ha tomado la primacía sobre el espacio. Sin embargo, esta disciplina continúa demostrando ser del todo válida en la medida en que incluso aquellos procesos históricos, económicos y tecnológicos que supuestamente contradecirían y negarían su razón de ser, son reducibles a una dimensión geopolítica desde la que poder desarrollar todo un cuadro explicativo general acerca de los mismos.

Conclusiones

Pese a la existencia de diferentes definiciones de la geopolítica y de distintas perspectivas acerca del objeto de estudio de esta disciplina, parece haber quedado probada en gran medida su validez científica por cuanto sigue un método dialéctico en el proceso de conocimiento, lo que permite inferir leyes generales a partir de la regularidades que dilucida la observación empírica de la relación entre el espacio geográfico y la política. A partir de aquí se elaboran teorías que, finalmente, se llevan a la práctica para demostrar su validez y en este caso transformar activamente el mundo. Asimismo, el carácter científico de la geopolítica también viene dado por la realidad objetiva que es motivo de estudio, la cual en última instancia es la que influye y condiciona la política de los Estados.

La geopolítica se manifiesta como un marco de referencia universalmente válido para la elaboración de teorías en el ámbito de las relaciones internacionales, pues sus conclusiones se derivan de análisis de la realidad objetiva que constituye el medio geográfico. Juntamente con esto hay que añadir la importancia de la heterogeneidad de los elementos y factores que integran los análisis geopolíticos, los cuales no se limitan únicamente a elaborar meras descripciones de los accidentes geográficos, sino que ponen en relación con el espacio factores tan diversos como la economía, la estrategia, la historia, etc…

Por tanto, la geopolítica, en la medida en que se remite a una realidad objetiva, puede conformar una nueva objetividad que sirva de referente para la construcción de teorías. De este modo las relaciones internacionales serían sustraídas del actual relativismo paradigmático y del subjetivismo postmoderno, todo ello en la medida en que de este modo se vería restaurada la distinción entre sujeto y objeto que ha sido lo que ha permitido el conocimiento científico.

Finalmente, añadir que la geopolítica se presenta como un grado de generalización que en el estudio de las relaciones internacionales, e incluso de la propia historia, ofrece un método al que reducir la complejidad de la realidad a partir del cual ofrecer una explicación general y aproximativa de las diferentes correlaciones, interdependencias, confrontaciones y desarrollos del mundo actual. Por este motivo, y en una situación de aparente primacía del tiempo sobre el espacio en un mundo hipertecnologizado donde predomina la velocidad y los flujos incesantes, la dimensión espacial puede ofrecer sus propias explicaciones en las que una vez más la Tierra y el Mar se revelan como los dos sujetos o dos realidades últimas de la historia, pues “su posición, su lucha, su dialéctica constituyen el contenido dinámico de la civilización”.[39]


[1] Kuhn, Thomas S., La estructura de las revoluciones científicas, México, FCE, 1971

[2] Arenal Moyua, Celestino del, “La Teoría y la Ciencia de las Relaciones Internacionales hoy: retos, debates y paradigmas” en Foro Internacional Nº 4, 1989, Vol. XXIX, pp. 586-587

[3] Sodupe, Kepa, “El estado Actual de las Relaciones Internacionales como Ciencia Social: ¿crisis o pluralismo paradigmático?” en Revista de Estudios Políticos Nº 73, 1992, pp. 202-213

[4] García Picazo, Paloma, Teoría breve de relaciones internacionales, Madrid, Tecnos, 2006, p. 233

[5] Atencio, Jorge E., Qué es la geopolítica, Buenos Aires, Pleamar, 1982, p. 378

[6] Gallois, Pierre, Geopolítica. Los caminos del poder, Madrid, Estado Mayor del Ejército, 1992, p. 41

[7] Spengler, Oswald, El hombre y la técnica, Madrid, Espasa, 1967, p. 23

[8] Gallois, Pierre, Op. Cit., N. 6, pp. 46-47

[9] Vicens Vives, Jaime, Tratado general de geopolítica, Barcelona, Vicens Vives, 1981, pp. 58-59

[10] Gallois, Pierre, Geopolítica…, Op. Cit., N. 6, p. 41

[11] Ibídem, p. 45

[12] Atencio, Jorge E., Op. Cit., N. 5, p. 23

[13] Ibídem, p. 27

[14] Ibídem, p. 27

[15] Sempa, Francis P., Geopolitics: from the Cold War to the 21st century, Canadá, Transaction Publishers, 2002, pp. 103-108

[16] Atencio, Jorge E., Qué es…, Op. Cit., N. 5, p. 30

[17] Ibídem, p. 30

[18] Tsé Tung, Mao, El libro rojo, Barcelona, Ediciones Júcar, 1984, pp. 138-153

[19] Mark M. Rosental y Pavel F. Iudin, Diccionario de filosofía, Madrid, Akal, 1975, pp. 460-461

[20] Parker, Geoffrey, Geopolitics: past, present and future, Londres, Pinter, 1998, pp. 1-9

[21] García Picazo, Paloma, Op. Cit., N. 4, p. 233

[22] Defay, Alexandre, La géopolitique, París, Presses Universitaires de France, 2006, pp. 32-33

[23] Mark M. Rosental y Pavel F. Iudin, Op. Cit., N. 19, p. 203

[24] Martínez Montes, Luis Francisco, España, Eurasia y el nuevo teatro del mundo, Barcelona, Fundación CIDOB, 2007, p. 27

[25] Duguin, Alexandr, “La revolución conservadora rusa” en VV.AA., Sobre la konservative revolution, Barcelona, Ediciones Nueva República, 2000, pp. 99-123

[26] Duguin, Alexandr, “Los paradigmas del fin” en Nihil Obstat Nº 5, 2005, pp. 23-58

[27] Faye, Guillaume y Otros, Pequeño léxico del militante europeo, Valencia, Colección Iskander, 1996, p. 30

[28] Ibídem, pp. 30-31

[29] Ibídem, pp. 30-35

[30] Atencio, Jorge E., Qué es…, Op. Cit., N. 12, p. 41

[31] Gallois, Pierre M., Geopolítica…, Op. Cit., N. 6, p. 48

[32] Parker, Geoffrey, Op. Cit., N. 20, p. 168

[33] Sempa, Francis P., Op. Cit., N. 15, p. 109

[34] Duguin, Alexandr, Op. Cit., N. 26, p. 34

[35] Ibídem, p. 34

[36] Guénon, René, El reino de la cantidad y los signos de los tiempos, Barcelona, Paidós, 1997, p. 144

[37] Lozano Bartolozzi, Pedro, “De Van Bynkeshoek al ciberespacio” en XXI Jornadas de la Asociación Española de Profesores de Derecho Internacional y Relaciones Internacionales, septiembre, 2005, p. 872

[38] Guénon, René, Op. Cit., N. 36, p. 144

[39] Duguin, Alexandr, Los paradigmas del…, Op. Cit., N. 26, p. 57

Publicado por Emboscado en 23:17:09
Comentarios

One Response to “LA GEOPOLÍTICA”

  1. Anónimo dice:

    EXCELLENT WORK!