Viernes, Enero 16, 2009

UN ENFOQUE MARÍTIMO AL INFLUJO DE LA TECNOLOGÍA EN LA DIPLOMACIA


1. Introducción

Históricamente la diplomacia ha estado vinculada a una dimensión espacial de carácter terrestre, por cuanto los Estados, como unidades políticas, se han definido por medio de sus fronteras políticas con las que han demarcado frente a otros su correspondiente soberanía. Ante la necesidad de encauzar y gestionar las relaciones con otros Estados surgió la diplomacia, a través de la que comenzaron a entablar sus correspondientes contactos a nivel oficial.

Sin embargo, un aspecto de la diplomacia que parece no haber sido abordado con especial detenimiento es aquel por el que se identifica una relación entre la emergencia y desarrollo de civilizaciones y potencias marítimas, con el desarrollo y la aplicación de nuevos sistemas de comunicaciones a partir de los avances provistos por la propia tecnología, de lo cual se derivará el consecuente impacto sobre la propia diplomacia. A partir de un enfoque marítimo, y por tanto de orden geopolítico, se estudiará esta relación que identifica en el mar el origen último de los sistemas de comunicación que, posteriormente, darán lugar a la formación de complejas redes de información y a procesos en los que el tiempo tomará la primacía sobre el espacio.

El influjo de la tecnología en la información y en las comunicaciones ha tenido un impacto importante que ha sido señalado por diversos autores, lo que ha transformado de manera considerable las relaciones internacionales con un incremento general de la velocidad, lo que nos llevará inevitablemente a plantearnos la posibilidad de la existencia de la diplomacia en un mundo que, cada vez más, tiende a regirse por el automatismo de la inmediatez en los acontecimientos y los hechos consumados, lo que de entrada parece cuestionar cada día más el sentido de la diplomacia en la medida en que esta dispone de menos espacio para desarrollar aquella actividad que le es propia: la gestión del extrañamiento del Estado y la negociación.

Primeramente intentaremos centrarnos en las características fundamentales del Mar como elemento conformador de los sistemas de comunicación propios de las potencias y civilizaciones marítimas. Se tratará, por tanto, de demarcar desde una perspectiva geopolítica la causa primordial de la formación de la base estructural que, ya en el s. XX, serviría de soporte para la aplicación a escala planetaria de los avances tecnológicos al terreno de la información y de la comunicación.

Aunque el método geopolítico para analizar el desarrollo histórico de las diferentes formas de existencia a las que han dado lugar los distintos tipos de sociedades y civilizaciones exige exponer la lógica dialéctica que rige las relaciones entre Tierra y Mar, los dos sujetos de la historia geopolítica, nos limitaremos a describir las condiciones de orden geográfico que dan lugar a la formación de sociedades y civilizaciones marítimas, las mismas que en su evolución histórica han contribuido a que se haya constituido un tipo de civilización global por medio de la ruptura del espacio-tiempo gracias a los avances de la tecnología.

La importancia del elemento marítimo nos permitirá ver la analogía que existe entre una civilización marítima y el universo de comunicaciones e información que ha originado a través de la tecnociencia. La transposición de lo local y lo global hasta la completa difuminación de ambos, así como la diferenciación entre espacio y territorio, cuya relación dialéctica nos llevará a abordar la progresiva territorialización del mar con la consiguiente oceanización de la tierra debido al impacto de las nuevas tecnologías que han contribuido a una creciente convergencia de espacios con la confusión de la tierra, el mar y el aire, conllevará la aparición del cibermundo y su dinámica disolvente a través de la velocidad.

La coyuntura tecnológica y el impacto sobre el mundo en todos los ámbitos ha significado una deslocalización de la diplomacia, o mejor aún, su desterritorialización en beneficio de la primacía de un tiempo global, lo que junto al incremento de los acontecimientos y del papel de la cibernética ha puesto en cuestión el sentido y la función que le corresponde a la diplomacia en un mundo lleno de velocidades que, a su vez, deja tan poco lugar para la negociación y la gestión de ese extrañamiento inherente a las relaciones entre Estados.

2. La civilización del Mar

“El hombre es un ser terrestre, un ente terrícola”.[1] Así comenzaba Carl Schmitt su conocida obra Tierra y Mar. El elemento continental ha constituido desde siempre el escenario y soporte de las acciones humanas. Es, por decirlo de algún modo, su medio natural. Asimismo, del medio terrestre los hombres han tendido a acumular riquezas a través de su trabajo. A diferencia del continente, sobre los mares el hombre se ha limitado al transporte, a la pesca y a la guerra. La facilidad para el trasiego de mercancías ha sido uno de los principales alicientes para el uso de la vía marítima, la cual no tardó en imponerse con rapidez. Por este medio el hombre ha podido mover cargas de elevado peso y tamaño sin utilizar demasiada energía para ello.

La inmensidad de los océanos, que ocupan la mayor parte de la superficie del planeta, hacen de este elemento una vía idónea para el tránsito de mercancías y para establecer comunicaciones a lo largo y ancho del mundo. Pero además de esto es importante añadir que escapa a los estorbos humanos. Los océanos han sido históricamente libres, pues en alta mar no existen los peajes ni los controles a pesar de que los Estados, cada vez más, tienden a extender su soberanía marítima. Este factor ha sido, también, un incentivo para el empleo del Mar como medio para el transporte.

En este sentido resulta lógico que “|…| los pueblos marítimos, en su conjunto, se muestren menos inclinados a soportar la arbitrariedad y la autocracia que los de las tierras del interior”.[2] De forma inversa a la libertad que proporcionarían los océanos, entre los pueblos continentales el poder del Estado crecería cada vez más extendiéndose a casi todas las actividades humanas, estableciendo así sus controles junto a las trabas inherentes a su jurisdicción.

La vida en sociedad se ha desarrollado sobre los continentes, y no sobre los océanos, por lo que la caracterización del Mar entre los diferentes autores ha tendido a ser muy similar.

 

“El Mar, la civilización del Mar, es la encarnación de la movilidad permanente, del «fluir», de la ausencia de un centro estable. Los únicos confines reales del Mar son las masas continentales en sus extremos, es decir, cualquier cosa opuesta al mismo Mar”.[3]

 

A partir de aquí se elaborarán todas las analogías entre el carácter marítimo de las civilizaciones y el impacto tecnológico, el cual ha propiciado la oceanización de la tierra pero también la territorialización de los mares. Los océanos representan un campo de lo imprevisible, de la movilidad permanente, en el que todo es inestabilidad y donde intervienen multitud de variables.

Como se ve, la naturaleza del Mar impide que se constituya en soporte para el desarrollo de la vida social y, por tanto, para el establecimiento de sistemas de valores jurídicos, éticos y sagrados. “La estrecha franja donde los dos elementos parecen separarse es la menos discutible de las fronteras: a un lado, la sociedad humana, al otro, lo desorganizado, lo inasimilable”.[4] Al Mar va asociada la homogeneidad de un elemento que parece al mismo tiempo móvil e inmóvil. Pero para su conquista y apropiación fue necesario concebir, construir y utilizar medios artificiales, lo que implicó el desarrollo progresivo de tecnologías cada vez más sofisticadas para un mejor desenvolvimiento en la alta mar. La lucha contra un medio hostil y tan cambiante exigió la continua mejora de las técnicas de navegación.

Hasta prácticamente la Edad Moderna la navegación se había llevado a cabo a través de embarcaciones impulsadas por la fuerza humana, mientras que la fuerza del viento era accesoria si esta provenía de popa. Sin embargo, con las innovaciones que se produjeron en las técnicas de navegación a vela se terminó haciendo innecesario el uso del remo, pues a partir de entonces la navegación podría realizarse únicamente gracias a la fuerza del viento después de haber introducido las velas cuadradas, pudiéndose, a diferencia del viejo velero que solamente podía desplazarse con viento de popa, navegar con viento de costado.[5]

La historia de las civilizaciones ha atravesado tres estadios claramente diferenciados según Ernst Kapp, el primero de los cuales estaría compuesto por las civilizaciones fluviales que se formaron y crecieron en torno a las orillas de ríos importantes (entre otros el Tigris, Eufrates, Nilo, Indo, Huang-ho, etc..). Al ciclo fluvial le seguiría la época «thalasica» de los mares cerrados y de los golfos, (ejemplos de este tipo son la civilización griega y romana), lo que daría lugar al establecimiento de nuevos contactos entre pueblos y culturas.[6] Finalmente, a todos estos estadios le sucedería la era oceánica o de mares abiertos que originarían posteriormente las civilizaciones propiamente oceánicas de las que los imperialismos europeos fueron sus máximos exponentes.

Sin lugar a dudas fueron los avances en las técnicas de navegación los que hicieron posible que las potencias marítimas se adentraran en los mares abiertos, abandonando la circunvalación de los litorales continentales y el tránsito de los mares cerrados. En el caso occidental fue a través de los balleneros como el principio marítimo comenzó a tomar su primacía. Estos aventureros del mar, atraídos por la pesca de la ballena, se adentraron en los océanos y se emanciparon del litoral. Fue así como se descubrieron las corrientes marinas, nuevos territorios, y, simultáneamente, con la mejora de las técnicas de navegación a vela y mediante la perfección del compás, se descubrirían también las grandes rutas transoceánicas por las que más tarde discurriría el comercio marítimo internacional.[7]

Con el fin de la Edad Media, y unido a la exploración de los grandes océanos por parte de los balleneros, haría su aparición un nuevo tipo de hombre que, distanciado de la trascendencia, proyectaría su voluntad de infinito hacia fuera, traduciéndose en una tensión y en un impulso irrefrenable en la búsqueda de conquistas ilimitadas. La primacía del elemento marítimo daría lugar al espíritu oceánico que constituiría la génesis de una era oceánica encarnada por Occidente. Todo esto encontraría su correspondencia en la naturaleza fáustica de la tecnociencia occidental, que de alguna manera reflejaría el triunfo del alma fáustica sobre el alma apolínea del que ya habló en su momento Oswald Spengler.[8]

Lo ilimitado, lo inabarcable, lo oscuro, categorías simbólicas que se encontraban ya presentes en la filosofía antigua a través de las clasificaciones del cosmos en pares de oposiciones[9], sirven para establecer una analogía, y por tanto una correlación, entre la naturaleza del mar y el carácter de la propia ciencia. La infinitud de la ciencia en su desarrollo progresivo, su creciente capacidad para la movilización de recursos de todo tipo[10], su capacidad para utilizar y poner en movimiento el poder que alberga la materia[11], hacen de ella una inagotable fuente de nuevos descubrimientos que son inmediatamente integrados en un su propia lógica instrumental. El carácter incompleto de su conocimiento, por cuanto nunca se acaba de manera definitiva, guarda una analogía con el mar y sus recursos inagotables.[12]

Por definición la costa es un accidente geográfico que puede provocar estímulos humanos y energías sociales. Tanto las islas como los litorales, si se encuentran a distancias regulares de otras costas económicamente tentadoras, ofrecen unas condiciones geohistóricas favorables para el desarrollo en un claro sentido marítimo del potencial humano de la población. Es entonces cuando el mar, lejos de separar, lo que hace es unir costas opuestas, pues la actividad económica se orienta hacia el mar, a través del cual se produce el intercambio comercial.[13]

Encontramos en una causa de orden geográfico el origen de toda civilización marítima, cuyo principal rasgo es su orientación hacia el intercambio económico a través del mar, mediante el que establece sistemas de comunicación. Este tipo de civilización se sustenta sobre el poderío naval que, a su vez, sólo puede descansar sobre una gran flota que le permita tanto el natural desarrollo del comercio marítimo como el dominio militar de los mares para la salvaguardia de sus intereses económicos.

Los mares llegan a ser en muchas ocasiones el único medio de comunicación para los pueblos del litoral y de las islas. Por esta razón cobra mucha importancia la construcción naval y las mejoras tecnológicas que se realicen en este ámbito. Generalmente la proyección marítima ha estado vinculada a objetivos comerciales, por lo que para la creación de una flota naval han sido necesarias inversiones importantes, habiendo sido, entonces, los prestamistas y financieros los máximos beneficiarios de estas operaciones, al mismo tiempo que el desarrollo del comercio ha favorecido la actividad de los mercaderes y el aumento de sus beneficios.

La vía marítima ha impulsado los intercambios, ha aproximado culturas y ha estimulado el conocimiento y el dominio del océano en la medida en que las técnicas de navegación y la proximidad de las costas lo han permitido. Asimismo, también ha fomentado el espíritu de empresa además de invitar a las conquistas lejanas, lo que en su momento contribuyó a que los imperios coloniales europeos se extendieran a la totalidad del globo y hayan contado con una influencia más allá de las fronteras de sus propios países.[14]

La importancia de la posición geográfica ha ayudado a los intercambios tanto comerciales como culturales, por lo que en el caso de istmos y penínsulas las poblaciones han tendido a proyectarse hacia superficies alejadas de la orilla. Aquí cobra importancia la clasificación de pueblos ribereños efectuada por L. S. Amery, quien consideraba que las poblaciones situadas en los litorales se encuentran más favorecidas al ser la encrucijada de intercambios entre el continente y los océanos, aprovechándose así de las ventajas que ofrecen ambos elementos.[15]

Toda civilización marítima tiene como base económica el comercio internacional, del cual obtiene sus correspondientes ingresos. Por esta razón el control de las rutas marítimas y la hegemonía naval en los mares y océanos se convierte en una prioridad, de modo que toda civilización marítima va ligada a la existencia de una poderosa flota comercial y militar con la que ejercer su primacía, a lo que habría que añadir la existencia de pequeños y diferentes enclaves estratégicos a lo largo de los océanos que permiten la proyección de su poder sobre los litorales continentales.

Juntamente con esto, los pueblos y las civilizaciones marítimas presentan unos rasgos particulares que los diferencian claramente de los tipos continentales de sociedad. Aquí Henri Pirenne ofrece una interesante caracterización de este tipo de sociedad:

 

“|…| orientada hacia el intercambio económico, y por lo tanto, necesariamente influida por los pueblos respecto a los cuales mantiene relaciones constantes. El contacto de las ideas y las obligaciones que impone el comercio conducen, a pesar de los conflictos creados por la competencia, al liberalismo y |…| al cosmopolitismo. |…| Y la iniciativa que suscitan los negocios favorece el individualismo, tanto en el plano social como en el intelectual”.[16]

 

Pero estas mismas características que se reducirían a una primacía del individuo sobre la comunidad, de lo económico sobre lo político, del comercio sobre la agricultura, también se expresa en el tipo de colonización al que da origen. En este caso, las potencias marítimas, una vez se han hecho con un imperio lejano, deben mantener el control sobre los espacios marítimos para asegurar su superioridad sobre los pueblos codiciados. Su forma de colonización se caracteriza por una menor exigencia debido a que su prioridad es la pujanza económica. La diferencia y el contraste lo marcarían las potencias continentales, que siempre han incrementado su espacio a base de conquistas sobre sus vecinos, lo que les ha llevado a buscar ejercer una autoridad sin compartirla con nadie, asimilando así a las poblaciones, identificándolas con las propias e integrándolas en su particular universitas.[17]

Las civilizaciones marítimas constituyen, entonces, el principal foco geohistórico en torno al que se forman los grandes sistemas de intercambio económico. El elemento económico determina la política interior y exterior de esta civilización, pues su subsistencia depende del intercambio y del tráfico de mercancías. Los mercaderes y hombres de negocios son el grupo socioeconómico más importante, pues son quienes impulsan la expansión económica y la obtención de ingresos a través del comercio. La economía es, entonces, el centro de gravedad sobre el que se desarrollan la mayor parte de las actividades y lo que, en definitiva, termina delineando la estrategia global de este tipo de civilización. “Quien domina al mar, gobierna el comercio del mundo y de esa manera, la riqueza universal y finalmente llega a dominar el mundo mismo” decía Walter Raleigh.[18]

Lo importante para toda civilización marítima es el establecimiento de un sistema de comunicaciones con el que controlar sus colonias, mantener su dominio sobre los mares para impedir la aparición de posibles rivales o amenazas, y desarrollar el comercio a través de las grandes rutas transoceánicas para obtener ingresos y conseguir una pujanza económica. Unido a este aspecto se encuentra el avance y la mejora tecnológica que exigirá el progreso económico, y por tanto la mejora de las comunicaciones para agilizar el tránsito de mercancías.

Actualmente la navegación por mar sigue siendo importante debido a sus ventajas relativas al mayor rendimiento y menor costo, por lo que el grueso de los intercambios intercontinentales se siguen realizando por esta vía. Los mares conservan aún un mayor valor circulatorio con respecto a la tierra y al espacio aéreo.[19]

Por otro lado, no basta con que un Estado, de cara a su proyección marítima, disponga de buenas costas, una gran marina mercante y una potente flota de guerra. El dominio de los mares se hace efectivo cuando se cuenta con puntos de apoyo en otras cosas, enclaves estratégicamente situados, puertos y bases más allá de los territorios nacionales que sirven para conquistar y conservar la hegemonía sobre los mares y el control sobre las principales rutas.

3. La territorialización del Mar

La importancia del mar en las comunicaciones ha implicado la lucha por su control por parte de las diferentes potencias. Históricamente las talasocracias han demostrado “|…| la primacía de los medios de comunicación”[20], y por tanto su vinculación al mar. El papel fundamental que han jugado los océanos ha conllevado un proceso de territorialización de los mismos, pues como medio para el desarrollo de las comunicaciones entre continentes ha facilitado la formación de estructuras comunicativas y el flujo informativo.

La dominación y apropiación del mar comienza con el barco, que ha permitido tanto la navegación como la pesca, la guerra, la explotación y la exploración. Todo ello ha significado la domesticación de los mares y, más tarde, la creación de un Derecho Marítimo que ha regulado las relaciones en los mares y los límites de las aguas. Sin embargo, frente al principio de libertad de los mares, los Estados han tendido a extender sus leyes más allá de su litoral al espacio marítimo adyacente, lo que ha significado usurpar el dominio común hasta el punto de asimilar el mar a la tierra.

El mar ha sido considerado propiedad común en base a su gran extensión, de forma que su tamaño lo hacía suficientemente grande como para que todos los pueblos pudieran utilizarlo libremente sacando provecho del mismo. Estos principios fueron enunciados en su momento por Grotius en su obra Mare liberum, la cual, con sus prescripciones, sirvió de autoridad durante muchos siglos en el ámbito del derecho marítimo.

Como señala Pedro Lozano:

 

“La propia naturaleza de las aguas es un obstáculo para los intentos de monopolizar su propiedad y uso, pero desde un principio, el hombre ha intentado trazar líneas más o menos ficticias sobre las mismas que fueran señalando su pertenencia, su sometimiento”.[21]

 

La inmensidad del mar y su permanente fluidez no ha impedido la demarcación de fronteras sobre el mismo, las cuales han servido para ampliar la soberanía del Estado sobre el espacio marítimo y hacer extensible su jurisdicción no sólo a las aguas, sino también al lecho y al subsuelo, y de forma indirecta al espacio aéreo suprayacente. La soberanía y la jurisdicción se han llevado a zonas que no estaban sujetas a ella con anterioridad. Se vislumbra, entonces, una relación dialéctica entre lo que ha sido la libertad de los mares y la tendencia hacia su dominación.

Con la Segunda Guerra mundial se produjo un cambio sustancial en las relaciones entre la tierra y el mar, debido fundamentalmente a la aparición de nuevos desarrollos técnicos que hacían posible la apropiación de los mares además de la explotación intensiva de los recursos que albergan. Pero más significativa resultó la decisión del presidente Truman a la hora de anunciar que la plataforma continental bajo las aguas dependían de la soberanía americana. De este modo se cambió la noción de frontera marítima y se incitó a que los demás países extendieran su jurisdicción. Fue, por así decirlo, un paso importante en la territorialización y apropiación del mar.[22]

El trato que ha recibido el mar a través de las disposiciones jurídicas internacionales ha sido un tanto ambivalente, pues ha oscilado entre la libertad de alta mar y la progresiva parcelación y territorialización de las aguas que, habiendo sido internacionales, han pasado a ser incorporadas a la soberanía de los Estados. No deja de resultar paradójico que, mientras el mar, por su propia naturaleza, no constituye un medio favorable para su organización a nivel jurídico debido a que la vida en sociedad se desarrolla sobre los continentes, por el contrario la tierra, elemento que ofrece sólidos fundamentos para establecer sistemas jurídicos, tienda a una oceanización por la que el espacio pierde relevancia a favor del tiempo que es, a partir de entonces, el que adquiere la primacía.

Históricamente las primeras potencias coloniales intentaron monopolizar la navegación y el comercio de Ultramar, todo ello bajo el propósito de extender su dominio desde las tierras que acababan de ser descubiertas a las aguas del mar. Sin embargo, se ha atribuido al concepto de libertad de los mares la causa de la dominación sobre las aguas por las potencias, ya que esta libertad de circulación facilitaba la formación de emporios ultramarinos y con ello la creación de imperios coloniales. Este principio abolía el monopolio hispanoportugués e incorporaba a otras potencias, como Francia, Inglaterra y Holanda a la competencia naval. Al final este principio consagraba el dominio y hegemonía del mar al país que tuviera la mayor fuerza naval.

Las pretensiones por extender la soberanía de los Estados a los espacios marítimos fueron contenidas a través de distintos tratados internacionales, pues en ellos las aguas territoriales eran limitadas en función de diferentes criterios, como podía ser el establecido por Cornelio Van Bynkershoek, quien afirmaba que “no concederemos la propiedad de una zona marítima más allá de donde pueda ser gobernada desde tierra”.[23] Otro criterio utilizado fue el alcance de tiro de los cañones de tierra, pero en general la necesidad de dotar al mar de una ordenación jurídica se debió en gran medida a la pesca. Posteriormente se intentaría sistematizar la normativa marítima con la adopción de diferentes convenios.

Los intereses económicos y estratégicos por un lado, y la evolución de la técnica por otro, han hecho obsoletos los principios que establecía la doctrina de Grocio para el uso común de los recursos, y en función de la cual el mar no se podía ocupar y tampoco agotar por su uso. Diferentes circunstancias han promovido esa territorialización del mar, entre las que destacarían el aumento del número de Estados con pretensiones de dominio sobre el mar, la cuestión de las pesquerías, la formación de zonas económicas exclusivas, etc…

El Estado siempre ha necesitado contar con un sistema de comunicaciones para poder ejercer su control sobre el espacio de su soberanía. La formación de imperios ha implicado la existencia de las comunicaciones y de los transportes necesarios para ejercer la centralización política y el dominio militar. Este aspecto ha sido fundamental en la historia de los Estados y de los imperios, y en el caso de las potencias marítimas la disposición de una flota militar tecnológicamente avanzada y de diferentes enclaves estratégicos a lo largo de los océanos, fueron factores clave para asegurar la hegemonía marítima. Cobra sentido, entonces, que las potencias marítimas hayan contribuido a la parcelación de los océanos y a la supresión de la libertad de los mares cuando esta dejó de convenirles. A todo esto se encuentra unido un elemento importante como es la velocidad, y del cual nos ocuparemos más adelante para explicar el papel que ha jugado en la oceanización de la tierra.

El mar, como espacio-ecológico o espacio natural, se humaniza en la medida en que es territorializado, es decir, cuando se procede a su organización, que únicamente es posible con la ampliación de la soberanía del Estado sobre sus aguas adyacentes. Esta ha sido una característica propia de la tierra, pues ha sido el soporte físico, y por tanto el escenario, sobre el que las sociedades han desarrollado su existencia. Sobre la tierra se establecen límites y se crean entidades definidas y ámbitos de hacer y poder, en definitiva, se organiza el espacio y con ello se humaniza. Este proceso se ha trasladado al mar, no tanto porque este pudiera constituir el nuevo soporte para que el hombre desarrolle su vida en sociedad, sino más bien porque se ha convertido en una fuente de recursos de su interés.[24]

4. La oceanización de la Tierra

Si podemos hablar de una oceanización de la tierra se debe, sobre todo, a la difuminación de las fronteras entre Estados y a la confusión entre lo local y lo global, todo ello fruto de la aparición de una sociedad global de la información. “Estamos ante un único y universal espacio cruzado por caminos en red de distinta naturaleza, es decir, estamos ante la oceanización del ámbito terrestre”.[25]

Las comunicaciones y los transportes han sido elementos clave para que los Estados hayan podido conservar su unidad territorial, pero al mismo tiempo para poder ejercer su control y gobierno en todo su territorio. La carencia de vías y medios de comunicación dificulta la unidad política del Estado y su dominio. Sin embargo, en función del grado de desarrollo tecnológico de las comunicaciones y de los transportes dependerá, también, el grado de centralización política y de dominio militar del Estado. Este factor determina la superioridad o inferioridad de las informaciones y los desplazamientos, lo que dado el caso puede facilitar o dificultar la conducción y ejecución de la guerra.[26]

Las vías y los medios de comunicación han tendido a ir en aumento, lo que ha incrementado el control del Estado sobre su territorio, pero también ha hecho posible una mayor interconexión gracias a los avances tecnológicos. Detrás de todo esto se encuentra la velocidad asociada a aquellas tecnologías que han roto con las barreras del espacio-tiempo tanto en las comunicaciones como en los transportes.

La relación entre velocidad y poder es muy íntima, ya que el poder mismo se define como el control sobre un territorio a través de los medios de transporte y comunicación. En cada época el papel de la velocidad ha variado en función de la tecnología, por lo que el grado de velocidad ha sido distinto, y por tanto también la rapidez con la que se ha ejercido el control sobre un territorio. En este sentido “el poder es inseparable |…| de la velocidad”[27], por lo que es el tiempo el que pasa a tener la primacía sobre el espacio como es el caso de la actual sociedad mundial que se está gestando, en la que el hombre ha llegado a través de las ondas radioeléctricas a una época de la velocidad absoluta.

Si el océano no conoce las fronteras más que las imaginadas por los hombres, la era virtual del cibermundo tampoco conoce las limitaciones de orden espacial. La completa apertura y la ausencia de todo límite son característica común del mar y del ciberespacio, a lo que habría que añadir la inestabilidad y la falta de todo orden.

El ciberespacio, como expresión de un marco intangible para la sociedad de la información, guarda claras similitudes con el estatus jurídico del mar en su origen, un medio por el que el hombre puede “navegar” libremente en todas direcciones. Esta es una de las razones fundamentales por las que el ciberespacio es equiparable al océano, con la diferencia de que si para los mares la única limitación son las masas continentales para el ciberespacio, por el contrario, ya no existen límites geográficos de ningún tipo ya que integra la totalidad de la superficie del planeta.

La velocidad de la luz es una barrera infranqueable que sitúa a la humanidad en la era de un tipo de velocidad absoluta. Ha hecho saltar todos los cerrojos de las restricciones espaciales, las trabas, las delimitaciones, etc., que están vinculados a una concepción espacial del mundo. La velocidad absoluta no permite la existencia de espacios circunscritos y enclaustrados, la movilidad rebasa todas las fronteras espaciales para hacerlas saltar en pedazos.

El desarrollo de las comunicaciones ha culminado con las ondas radioeléctricas que han establecido el tiempo real del ciberespacio, o lo que podría también denominarse como un tiempo global. La interconexión que se ha generado, especialmente con Internet, ha dado lugar a la aparición de un mundo estructurado en forma de red. Las nuevas tecnologías son ya de ámbito mundial, como es el caso de Internet que está al mismo tiempo en todas partes pero en ningún lugar. Se ha producido una progresiva integración en torno a un tipo de realidad que ha profundizado las interrelaciones y que, con ello, cualquier acontecimiento pueda tener su repercusión en el conjunto del mundo. La elevada densidad de la interconexión de los componentes del sistema-mundo ha hecho que la alteración de uno produzca un cambio en el resto, y por ende, en el conjunto del sistema.

Todo esto ha generado una desinstalación que ha difuminado cualquier concepción espacial, sometiendo al hombre al eterno presente de la inmediatez. La noción del tiempo que prevalece es volátil y huidiza, es el fin del tiempo histórico, del tiempo local. La interacción instantánea ha hecho posible la aparición de ese tiempo único que es el tiempo real, el tiempo global. Si el tiempo ha sido considerada la cuarta dimensión, la velocidad podría ser, entonces, la quinta, el tiempo dentro del propio tiempo. Todo ello ha dado paso al tránsito de la geopolítica a la cronopolítica, el tiempo se ha impuesto sobre el espacio. Los actores políticos, como por ejemplo los Estados, son de marcado carácter territorial, por lo que todos los procesos asociados a las nuevas tecnologías tienden a escapar a su control, ya que se trata de una realidad paralela que no conoce fronteras ni restricciones, y que además de esto se caracteriza por la instantaneidad e inmediatez.

Si en la ausencia de todo tipo de organización reside la diferencia entre espacio y territorio, el ciberespacio se trataría, como el mar en un principio, de un ámbito opuesto al mundo humano dado que no existe territorialización alguna ya que escapa al dominio de los Estados. En el océano de información que constituye el ciberespacio la libertad de movimiento que impera únicamente favorece a los más fuertes, que en este caso son los mass media, como en el pasado la libertad de mares favoreció a los países con la flota naval más fuerte ahora en el ciberespacio se produce un paralelismo por el que las grandes corporaciones de la información canalizan los principales flujos informativos.

En el pasado se dio la estandarización de productos para el consumo de masas en las sociedades industriales. Con los avances de las telecomunicaciones se tiende a una estandarización de la opinión pública mediante la sincronización.[28] La instantaneidad de la televisión, del directo, contribuye también a la sincronización de emociones y a la manipulación en tiempo real de la población.

Inmediatez, instantaneidad y omnipresencia, son rasgos característicos de la era de las telecomunicaciones. La velocidad de la luz ha hecho posible un creciente automatismo a través de todas las tecnologías que conectan todo con todo y para las que no hay restricciones de espacio. El tiempo lo es todo.

Se produce, asimismo, la aparición de la metropolítica en sustitución, también, de la geopolítica. La difuminación de las fronteras y la imposibilidad de los Estados para controlar los flujos de información a través de las complejas redes de comunicación del mundo virtual y telemático, ha propiciado la formación de grandes megalópolis, ciudades globales que se convierten en los centros neurálgicos de la actividad mundial. Pero por encima de estas ciudades-centro, concretamente en torno a las autopistas electrónicas, se está gestando una metaciudad o ciudad virtual que está en todas partes y al mismo tiempo en ningún lugar. Se trata de un producto del ciberespacio, de la virtualidad, que tiende a constituirse en hipercentro mundial que, según Virilio, convertiría a las ciudades globales en barrios.[29]

La velocidad, por su propia naturaleza, carece de referentes estables ya que es permanente fluir. Las modernas telecomunicaciones han llevado hasta el final este carácter de la velocidad, pues rotas las barreras espaciotemporales han propiciado una aceleración de la historia, o mejor dicho, su densificación, pues en un período de tiempo cada vez menor se producen a su vez más y mayores cambios, acontecimientos y nuevas situaciones. La estabilidad que ofrece el espacio geográfico, el territorio, la cual se proyecta hacia la duración, ha sido reemplazada por el tiempo y la movilidad de la velocidad, que tienden justamente a abolir toda duración con la inmediatez. En esto consiste, en esencia, el eterno presente que ha abolido el tiempo histórico y suprimido el pasado y el futuro.

El efecto del dromos se refleja a través de una constante precipitación acelerada de los acontecimientos que desarrollan, a su vez, una serie de fuerzas y dinámicas que aumentan el efecto acelerador. La tendencia general conduce hacia la automatización, un acontecimiento produce instantáneamente otro, y esto se convierte en una cadena que se comprime más y más. Los intervalos de tiempo se reducen y el presente se perpetúa con una cada vez menor duración.

 

“En su grado más extremo, la contracción del tiempo llegaría a reducirlo finalmente a un instante único y entonces la duración habría dejado de existir realmente, pues resulta evidente que en el instante ya no puede darse sucesión alguna. De esta forma, «el tiempo devorador acaba por devorarse a sí mismo», |…| «ya no existe el tiempo»”[30]

 

El tiempo global remite a sí mismo, el espacio es el conjunto del planeta. Los sistemas de transmisión de información, dado su carácter cibernético, desarrollan procesos de autoorganización y autocreación en forma de subsistemas íntimamente interrelacionados que se influyen recíprocamente y están sometidos a un constante cambio. Estas relaciones originan un orden abstracto en el que las megacorporaciones de la comunicación canalizan los principales flujos de información, distorsionan la realidad y manipulan a la población anulando su capacidad reflexiva mediante la sincronización de emociones y el consumo masivo de información.

5. Conclusiones

En líneas generales se puede afirmar que existe cierto grado de continuidad entre la formación de civilizaciones marítimas y el fenómeno de territorialización del mar y oceanización de la tierra.

En la medida en que las potencias del mar formaron redes y sistemas de comunicación a escala global, y a su vez propiciaron nuevos avances tecnológicos en el transporte y en la comunicación para aumentar el grado de control político y militar sobre sus territorios, se ha producido una tendencia hacia la oceanización de la tierra, pues el progreso tecnológico ha eliminado las barreras políticas y geográficas gracias a las ondas radioeléctricas. Por el contrario, y simultáneamente, se ha dado una creciente territorialización del mar en la misma medida en que se iban produciendo nuevos avances tecnológicos, los mismos que permitían una mayor explotación de los recursos marinos. Esta circunstancia ha hecho posible una creciente organización del mar con la extensión de la soberanía de los Estados a sus aguas adyacentes.

Se ha dado, entonces, una transposición del mar en la tierra y de la tierra en el mar que ha culminado con la velocidad absoluta de las telecomunicaciones. El proceso descrito ha concluido con la primacía del tiempo sobre el espacio fruto de esa oceanización de la tierra que es el medio en el que se desarrolla la vida de las sociedades. En términos geopolíticos significa el «Fin de la Tierra», en términos históricos el «Fin de la Historia» a causa de esa supresión de la duración. La tierra ha quedado sumergida bajo las aguas. ¿Acaso no recuerda todo esto, en definitiva, al simbolismo bíblico del Diluvio?.[31]

El mar ha representado lo desorganizado e inasimilable. La apropiación del mar y su creciente organización ha hecho posible su territorialización y con ello su humanización. En la tierra el proceso ha sido el contrario por el influjo de las telecomunicaciones y su inmediatez, lo que ha roto con todas las limitaciones y barreras que tradicionalmente han regido en este ámbito.

El factor tecno-político de la velocidad que señala Der Derian ha hecho que la diplomacia, a causa de la instantaneidad, se haya visto regida por la velocidad con la que ocurren los acontecimientos tanto como por estos mismos. El tiempo reemplaza al espacio y la gestión de crisis sustituye a la tradicional toma de decisiones.[32]

También cabe preguntarse hasta qué punto la diplomacia puede subsistir en un medio en el que los acontecimientos, con la velocidad creciente con la que se producen, terminan imponiendo una progresiva automatización de los procesos. La abolición del pasado y del futuro a favor de un eterno presente sólo puede recluir a la diplomacia a un papel marginal. En cualquier caso todo parece indicar que la diplomacia tenderá a proyectar su actividad sobre el tiempo en la medida en que el espacio ha perdido importancia, lo que puede significar que termine limitándose a gestionar procesos de una manera cada vez más técnica, en vez de preparar la toma de decisiones a un nivel político. Sin embargo, todo esto podría cambiar si, en un momento dado se plantea la territorialización del ciberespacio, como ocurre con el mar o, como insinúa Paul Virilio, si se produce un accidente general que afecte a la totalidad del mundo y haga desaparecer el espacio de lo virtual.[33]


[1] Schmitt, Carl, Tierra y Mar, Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1952, p. 7

[2] Gallois, Pierre M., Geopolítica. Los caminos del poder, Madrid, Estado Mayor del Ejército, 1992, p. 131

[3] Duguin, Alexandr, “Los paradigmas del fin” en Nihil Obstat Nº 5, 2005, p. 34

[4] Gallois, Pierre M., Op. Cit., N. 2, p. 126

[5] Schmitt, Carl, Op. Cit., N. 1, pp. 36-37

[6] Gallois, Pierre M., Geopolítica. Los caminos…, Op. Cit., N. 2, pp. 127-128

[7] Schmitt, Carl, Tierra y Mar, Op. Cit., N. 1, pp. 29-36

[8] Lozano Bartolozzi, Pedro, “De Van Bynkeshoek al ciberespacio” en XXI Jornadas de la Asociación Española de Profesores de Derecho Internacional y Relaciones Internacionales, septiembre, 2005, p. 880

[9] Castro Nogueira, Luis, Miguel Ángel Castro Nogueira y Julián Morales Navarro, Metodología de las ciencias sociales. Una introducción crítica, Madrid, Tecnos, 2005, p. 575

[10] Jünger, Ernst, El trabajador, Barcelona, Tusquets, 2003

[11] Jünger, Ernst, La tijera, Barcelona, Tusquets, 1997

[12] Gallois, Pierre M., Geopolítica. Los caminos…, Op. Cit., N. 2, pp. 136-137

[13] Vicens Vives, Jaime, Tratado general de geopolítica, Barcelona, Vicens Vives, 1981, pp. 110-112

[14] Gallois, Pierre M., Geopolítica. Los caminos…, Op. Cit., N. 2, p. 129

[15] Ibídem, p. 317

[16] Vicens Vives, Jaime, Op. Cit., N. 11, p. 109

[17] Gallois, Pierre M., Geopolítica. Los caminos…, Op. Cit., N. 2, p. 318

[18] Atencio, Jorge E., Qué es la geopolítica, Buenos Aires, Pleamar, 1982, p. 249

[19] Ibídem, p. 243

[20] Lozano Bartolozzi, Pedro, Op. Cit., N. 8, p. 872

[21] Ibídem, p. 874

[22] Gallois, Pierre M., Geopolítica. Los caminos…, Op. Cit., N. 2, pp. 141-142

[23] Lozano Bartolozzi, Pedro, De Van Bynkeshoek…, Op. Cit., N. 8, p. 876

[24] Ibídem, pp. 878-879

[25] Ibídem, p. 880

[26] Atencio, Jorge E., Op. Cit., N. 18, p. 275

[27] Virilio, Paul, El cibermundo, la política de lo peor, Madrid, Cátedra, 1997, p. 17

[28] Virilio, Paul, Lo que viene, Madrid, Arena, 2005, pp. 36-37

[29] Virilio, Paul, Op. Cit., N. 27, pp. 72-73

[30] Guénon, René, El reino de la cantidad y los signos de los tiempos, Barcelona, Paidós, 1997, p. 144

[31] Duguin, Alexandr, Op. Cit., N. 3, pp. 23-58

[32] Der Derian, James, On diplomacy, Nueva York, Blackwell, 1987, p. 208

[33] Virilio, Paul, El cibermundo…, Op. Cit., N. 27, p. 14-15

Publicado por Emboscado en 11:46:57
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